Nuevos roles del docente del siglo XXI

Si nos paramos a pensar en los métodos tradicionales de enseñanza del, quizás se venga a nuestras mentes la típica imagen, en blanco y negro, del maestro azotando con su regla al alumno que no era capaz de recitar la lección que debió aprender en casa. Aquel modelo imperante intentaba satisfacer las necesidades de las sociedades industriales del siglo XIX, dando prioridad a asignaturas como la lengua o las matemáticas y estableciendo un clima de disciplina bajo el cual era imposible cuestionarse la realidad y los conocimientos que, de manera repetitiva y memorística, allí se aprendía. Estudiar se basaba en acumular ideas aisladas y difícilmente conectables con la vida real. Y es que el maestro era el dueño absoluto del conocimiento, el cual hacía llegar de manera directa, sin dar la oportunidad al alumno de investigar y descubrirlo por sí mismo, convirtiéndolo en un mero receptor de mensajes a los que difícilmente podía dar sentido. Pero desgraciadamente, muchos aspectos negativos de aquel modelo gris están todavía presentes en planes educativos y currículos oficiales, en idearios de colegios e incluso en la manera de actuar de muchos docentes.

 

 

Sir Ken Robinson, escritor y experto en educación y en creatividad, afirma que las escuelas matan la creatividad al coartar desde edades muy tempranas la espontaneidad del niño, al castigar sus errores o cualquier actitud que se salga del camino considerado como correcto. Robinson cree que todos poseemos un gran talento que poco a poco vamos perdiendo a medida que avanza nuestro bagaje educativo, pues muchos sistemas desechan las habilidades de los niños y niñas para formar seres con aptitudes en serie, que produzcan y no piensen demasiado.


Con estas palabras, intento poner de manifiesto la necesidad de que los profesionales de la educación se conciencien de la importancia de adquirir nuevos roles, de fomentar un clima constructivista donde el alumno recupere la curiosidad por el mundo que lo rodea, las ganas de conocerlo e interpretar toda clase de estímulos ambientales, los cuales, bajo una educación tradicional quedarían totalmente adulterados. El paso de un estilo de enseñanza autocrático y tradicional a otro democrático donde se fomente la originalidad y la participación crítica no debe confundirse con la implantación de la filosofía laissez-faire, donde los maestros permanecen totalmente al margen de la instrucción, cediendo la plena iniciativa al niño y cayendo, frecuentemente, en problemas de disciplina y bajo rendimiento académico.

 

Es fácil encontrar razones del escaso protagonismo que la creatividad cobra en el proceso instruccional (Castelló, 1993). Y es que las actividades académicas suelen estar basadas en situaciones cerradas, evaluando solamente las respuestas y no los procesos. Además, los contenidos son creados para que el discente los integre en sus estructuras mentales sin la posibilidad de relacionarlos con los conocimientos previos.

 

En multitud de ocasiones, actitudes creativas, como preguntas, sugerencias o comentarios, son mal recibidas por algunos profesores excesivamente preocupados por el orden, llegándose a producir incompatibilidades entre este y los recursos necesarios para el desarrollo de la creatividad. Por esto, autores como Genovard o Sternberg, proponen crear modelos de enseñanza que posean algún tipo de motivación creativa, aplicando técnicas que garanticen la seguridad y libertad psicológica como, por ejemplo, respetando preguntas inusitadas, fantásticas o poco frecuentes de los alumnos, ya que de rechazarlas, estos podrían no volver a atreverse a preguntar más. Por tanto, es necesario crear un ambiente de confianza donde los niños sean conscientes de que sus ideas son útiles, en el cual haya espacios para que los alumnos pongan en juicio y evalúen sus propios actos con el fin de entender las consecuencias y rectificar errores.

 

 

 

 

 

 

 

 

    

¿Qué es ser inteligente?

Durante años, en la sociedad occidental existió la creencia de que el ser humano poseía una inteligencia única y no modificable; y solo consideraba como inteligentes a aquellas personas con una buena trayectoria académica, sobre todo si sobresalían en materias como matemáticas o ciencias. Para medir la capacidad cognitiva de una persona se empleaban test que, a menudo, evaluaban solo algunos aspectos mentales y obviaban otros no menos importantes, etiquetando de por vida a aquellos que obtenían bajas puntuaciones. En la década de los ochenta, Howard Gardner propuso su Teoría de las Inteligencias Múltiples, con la que defendió que la inteligencia humana no era un compartimento unitario, sino que se dividía en distintas inteligencias múltiples. Gardner afirmó que el éxito académico no era sinónimo de alta capacidad mental y planteó la idea de que esta no permanecía de manera estática sin poder modificarse, sino todo lo contrario; afirmó que, gracias a la plasticidad neuronal, la inteligencia podía aumentar siempre y cuando estimulación y mediación fueran las apropiadas.

 

Esta nueva forma de concebir el cerebro humano trajo consigo un cambio a la hora de entender los procesos instruccionales, ya que el método único que atiende a todos los alumnos por igual no sería suficiente según las teorías de Gardner; dando lugar a una formación personalizada, adaptada a las distintas capacidades del alumnado, donde el maestro cambia su rol de único transmisor del conocimiento para convertirse en guía y facilitador del saber. Este cambio de paradigma guarda estrecha relación con la Teoría de la Modificabilidad Cognitiva de Feuerstein o con el concepto de Zona de Desarrollo Próximo propuesto por Vygotski, donde se parte de la premisa de que la inteligencia puede mejorarse gracias al entrenamiento cognitivo guiado por un mediador, el cual formará al alumno según las capacidades que posea.

 

 

 

 

 

Además, esta nueva forma de entender la mente humana empezó a dar importancia a otro tipo de competencias en el alumno como el control y gestión de las emociones, la motivación, el razonamiento, las habilidades sociales o el trabajo cooperativo; todo para hacer frente a las nuevas necesidades que la sociedad demanda, pues el sistema educativo siempre ha dado prioridad a materias instrumentales más propias de las sociedades industriales del siglo XIX que de la actual. Esta idea es puesta en práctica por diversos Programas de Entrenamiento Cognitivo dirigidos a niños con dificultades de aprendizaje, como es el caso del Progresint de Carlos Yuste, Filosofía para niños de Lipman o el Programa de Enriquecimiento Instrumental de Feuerstein, que tratan de adaptar el proceso instruccional a las capacidades del discente, al compartir con Gardner la idea de que no todos somos iguales.

 

 

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